Quien se lo iba a decir…

El, que había planificado tan minuciosamente todo.

No queria ser uno más. Queria ser único y necesitaba entrar en su mente para que ella le hiciera inmortal y… ¡allí estaba!, ¡volando!, sin control y sin remedio hacía el agua, hacía la nada…

Aprovechó el último rayo de un sol que agonizaba  entre el mar y las nubes para colarse en su mente y, poco a poco, fue dando luz a los oscuros rincones que ella, desde hacía tiempo era incapaz de iluminar.

Estaba sola. Dejó la ciudad al sentirse abandonada por todos: sus lectores, su editor, su inspiración; hasta su corazón amenazaba con dejarla.

Se retiró con su soledad al campo. Necesitaba aire limpio para el cuerpo y nuevos estimulos  para el alma.

El sol terminó ahogándose en el lago. Empezaba a hacer frío y un viento del norte, empeñado en cubrir el cielo, la decidió a entrar en casa.

Esa noche no conseguía la calma. La tormenta y ese rayo de luz, viejo conocido, culebreando en su mente le impedían dormir. Comenzó, ayudada por la oscuridad, a medir su intensidad, sus posibilidades. Analizó el torrente de frases, ideas, imágenes que empezaban a desbordarla y decidió intentarlo.

Se levantó, corrió a por papel y lápiz, temiendo que la luz se apagara… ¡como tantas veces!

Escribió y escribió durante horas. Se elevó a los cielos, cayó exhausta, vaciándose entera para volverse a llenar. Escribía y escribía, sin parar, convulsivamente, alimentándose de la llama que amenazaba con devorarla.

¡Tenía que acabarla!, sentía que era su obra maestra, la que esperó toda su vida, por la que recorrió el difícil  camino de la escritura, sujeta siempre al capricho de la inspiración.

La terminó. En medio de truenos tan fuertes como los latidos de su corazón su llama se unió al relámpago y la luz lo inundo todo.

Su corazón no lo resistió.

El viento entró en la casa buscando que llevarse; vio el manuscrito y jugó con el, elevándolo, llenando la casa de palomas blanca hasta que, aburrido, abrió la ventana y lo dirigió hacía el lago…

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