V.

Viejo olmo

Llevaban toda la vida juntos ¡la conocía tan bien! muchas veces pensaba que mejor que a sí mismo.
Sabía que era metódica y puntual, como el viejo reloj del Ayuntamiento que, con campanadas bulliciosas en verano y perezosas y blandas en invierno, les despertaban todas las mañanas.
Siempre le gustó su pueblo. No era ni grande ni pequeño, tenía el tamaño justo, como su mujer. Conocía todas sus callejuelas, sus rincones más escondidos, sus flancos más débiles, sus fortalezas…
Volvieron a él después de vivir en una ciudad que no llegaron a sentir suya. Añoraban el olor de la leña quemándose en el hogar y que, al atardecer, añadían al fuego para impedir que la fría niebla se colase bajo la puerta, obligándola a rodar calles abajo, cubriendolas con su húmeda soledad.
Cuando esa mañana el reloj insistía en sacarle de la cama, estiró el brazo y, aún perezoso, buscó debajo de las sábanas el cuerpo tibio de su mujer. Su cuerpo que por las mañanas tiene ese olor a pan recién hecho y que guarda el calor, no de la hoguera que hace años no enciende, sino del rescoldo que mantiene el cariño, pero…
¡No estaba!
Al instante su mente recurrió al policía que, desde hacía un año, con frecuencia ponía en activo. Fue a la cocina. No había pasado por allí. La ventana estaba cerrada y el gato dormía plácidamente. Entró al salón esperando encontrarla sentada frente al televisor, ensimismada o escudriñando los álbumes de fotos como le gustaba hacer últimamente
¡Tampoco estaba allí !
Observó la habitación, detenidamente, buscando…. no sabía muy bien que. Todo estaba como lo dejaron la noche anterior. Se asomó el jardín, empezaba a nevar, la llamó repetidamente, sin respuesta. Volvió al dormitorio, abrió el armario, estaba su abrigo, no podía haber ido muy lejos, a no ser que….
Miró por el ventana y vio la luz del trastero encendida…
¡Allí estaba!
Salió atropelladamente, llamándola. No hubo respuesta. Desde la puerta vio abierto el viejo baúl en el que guardaban recuerdo de media vida. Se acercó a el y examinó cuidadosamente su contenido: estaban las viejas sábanas bordadas, los abanicos que cada aniversario le regalaba, sus viejas muñecas, los trajes pasados de moda pero demasiado buenos para tirarlos, su uniforme de policía, oliendo a naftalina, doblado sobre…
¿Donde estaba su vestido?
Buscó, revolviendo todo, mezclando muñecas con abanicos, trajes con sábanas, pero no lo encontró,
¡Se lo había llevado!
Salió al jardín que la nieve empezaba a vestir de blanco, vio algo que brillaba en el suelo, junto a la cancela de salida.
¿Qué hacía allí su navaja?
Se la había regalado su padre cuando cumplió 12 años: era pequeña, del mejor acero, se plegaba sobre si misma, escondiendo su peligro, pero…
¿Cómo había llegado hasta allí?
De repente, su mente lógica de policía encajó las piezas del puzzle.
Comenzó a correr cruzando la plaza del Ayuntamiento. Llegó a la iglesia, pasó de largo, dejando atrás las últimas casas del pueblo.
Bajó, con dificultad, la ladera que llevaba hasta el río pues la nieve empezaba a hacerla resbaladiza. A lo lejos, tras una cortina de copos, empezó a hacerse visible el viejo olmo, a la orilla del río.
El olmo donde la navaja grabó su amor en forma de corazón cuando empezaron a quererse y que, el día de su boda, le puso fecha.
Corrió hasta él…vio a su mujer, como un gran muñeco de nieve, vestida de novia, apoyada en el árbol…
La cogió en brazos, besándola. Ella le devolvió una mirada ausente, vacía y le sonrió.

L.

Lola

Pienso tú nombre y me duele el alma, porque a ella va mi mente a buscarte, allí te tengo, junto a lo más querido e íntimo de mis recuerdos, junto a lo que mi corazón ha decidido guardar para siempre.

Estás con mí padre esa tarde de verano cuando, por arte de magia, sacó de sus alforjas unos temerosos perdigones que soltó entre mis pies ¡cómo disfrutaba con mis gritos de alegría, mientras éstos corrían en todas direcciones! y él, tirándoles su sombrero intentaba, en vano, impedirles la huída.
Estás con el olor a incienso de la iglesia de mi niñez donde, sobrecogida por las imágenes y arrullada por la letanía monótona del rosario, esperaba que el perro de escayola, fiel compañero de San Roque, cobrara vida.
Te tengo al lado de mi primer amor que, cómo las pinceladas con las que el pintor da fondo a su cuadro, empapan el lienzo y permanecen.
Hace 34 años nos colamos en tú vida e hiciste más fácil la nuestra.

Llegamos a la casa recién casados, con la inexperiencia de la juventud, compensada por el amor recién estrenado.

La portería era tu hogar que, como una madriguera, mantenías caliente, lleno de vida, con olor a café recién hecho y… risas.
Tú risa, siémpre tú risa, clara, oportuna y espontánea que inundaba la casa contagiándonos a todos con tú chispa andaluza.

Como una loba generosa adoptaste a nuestro primer cachorro, le sentiste tuyo, lamiste sus heridas y mis penas ¡Cuánto te debo!

Bendita memoria, guardiana del sitio de mis recuerdos, que me lleva hasta ellos buscando tú risa cuando pierdo la mía.

Te quiero LOLA.

E.

El juego

Hace 4 años que llegó a  mi casa y, ladinamente, sin hacer ruido, fue adueñándose de ella. Empezó por mi sofá ¡qué digo el sofá!, le gusta  el hueco que mi trasero ha labrado durante tantas tardes de lectura… ¡No me extraña, es el mejor!, le da el sol por la mañana, está al lado de la calefacción, de la ventana y enfrente de la tele…  ¡Qué  morro tiene!

Al principio disimulaba, se sentaba a mi lado dándome besos, y yo le correspondía confiada, acariciándole  pero, en cuanto me descuidaba  ¡zas! se acomodaba en mi hueco mirándome con ojos de no haber roto nunca un plato… ¡el muy cara!
Siguió con mi cojín, que era el descanso de mis lumbagos, el apoyo de mis siestas  arrullada por la tele y que… ¡tenía mis babillas, mi olor!, bueno  ¡pues ya no!  ¡ya tiene el suyo!

Me coge mis zapatillas, mi chaqueta que está andrajosa, ¡ya lo sé! pero me gusta.
Ha cambiado mis horarios, mis rutinas, me lleva y me trae a su antojo y yo le sigo embobada,  hablando y hablándole… sin respuestas, pero ¡me encantan sus silencios! me permiten contarle todo en una sola dirección, sin plantear preguntas,  sin esperar respuestas, soltándole toda la verborrea que mi timidez, tantas veces, ha frenado.
Ya sé qué no puede hablar, así nació, tampoco nos ha hecho falta y, hasta ahora, nos entendíamos perfectamente, sabíamos lo que quería uno del otro con mirarnos…  ¡no se a que viene ahora esta manía!,  porque… ¡sospecho que es él!

La primera vez no le di importancia, estábamos en el duermevela de la siesta cuando, desde el griterío de la  TV.,  me pareció oír mi nombre…

¡Teresa!

Ninguno de los tertulianos se llama así, ya les conozco bien. Quizás hablaban de alguien con mi mismo nombre o tal vez lo soñé… no sé, pero hace dos días, mientras cenábamos, camuflada entre el ruido de los cubiertos, se instaló en la mesa la siguiente frase:

¡Seguiré escuchándote siempre, callado, como te gusta , pero…!

Volví rápidamente la cara hacía él, buscándole la boca, pero seguía impasible, comiendo como si no hubiera oído o dicho nada, entonces… ¿de dónde procedía?

Ayer me pilló, otra vez, por sorpresa  y mientras colocaba la tediosa compra en el frigorífico, dándole la espalda, me encontré entre las manos, como un paquete más, sin saber de dónde procedía ni dónde ubicarla, la nueva frase:

¡hoy necesito decirte cuanto te quiero!

Me volví hacía él ¡nada! sus ojos me miraban con la misma profundidad de siempre y su boca… cerrada.

¡Tengo que pillarle in fraganti!  Preparo mi estrategia. Cierro las ventanas, apago la tele, la radio, la lavadora, el microondas…todo. Necesito la casa en silencio y que ningún ruido me impida averiguar la procedencia  de las frases que, o me estoy volviendo loca, o escucho  desde hace tres días.

Me siento  frente a él,  mirándole fijamente, sin perder de vista su boca, aguzando mis oídos…

De pronto, suena el teléfono… ¡maldita sea!  ¡olvidé desconectarlo!  y mientras corro a callarlo, como un disparo por la espalda, escucho:

… como no entiendes mis ladridos, estoy aprendiendo los tuyos.

Desde entonces,  igual que cuando coge mi zapatilla y,  provocándome, la pone a mis pies para que se la quite -cosa que nunca consigo- jugamos, yo a pillarle, él a que no vea su boca mientras habla y  presiento que este nuevo juego tampoco voy a ganarlo…¡es más listo…!

mi pequeño Kano
mi pequeño Kano