Hace 4 años que llegó a  mi casa y, ladinamente, sin hacer ruido, fue adueñándose de ella. Empezó por mi sofá ¡qué digo el sofá!, le gusta  el hueco que mi trasero ha labrado durante tantas tardes de lectura… ¡No me extraña, es el mejor!, le da el sol por la mañana, está al lado de la calefacción, de la ventana y enfrente de la tele…  ¡Qué  morro tiene!

Al principio disimulaba, se sentaba a mi lado dándome besos, y yo le correspondía confiada, acariciándole  pero, en cuanto me descuidaba  ¡zas! se acomodaba en mi hueco mirándome con ojos de no haber roto nunca un plato… ¡el muy cara!
Siguió con mi cojín, que era el descanso de mis lumbagos, el apoyo de mis siestas  arrullada por la tele y que… ¡tenía mis babillas, mi olor!, bueno  ¡pues ya no!  ¡ya tiene el suyo!

Me coge mis zapatillas, mi chaqueta que está andrajosa, ¡ya lo sé! pero me gusta.
Ha cambiado mis horarios, mis rutinas, me lleva y me trae a su antojo y yo le sigo embobada,  hablando y hablándole… sin respuestas, pero ¡me encantan sus silencios! me permiten contarle todo en una sola dirección, sin plantear preguntas,  sin esperar respuestas, soltándole toda la verborrea que mi timidez, tantas veces, ha frenado.
Ya sé qué no puede hablar, así nació, tampoco nos ha hecho falta y, hasta ahora, nos entendíamos perfectamente, sabíamos lo que quería uno del otro con mirarnos…  ¡no se a que viene ahora esta manía!,  porque… ¡sospecho que es él!

La primera vez no le di importancia, estábamos en el duermevela de la siesta cuando, desde el griterío de la  TV.,  me pareció oír mi nombre…

¡Teresa!

Ninguno de los tertulianos se llama así, ya les conozco bien. Quizás hablaban de alguien con mi mismo nombre o tal vez lo soñé… no sé, pero hace dos días, mientras cenábamos, camuflada entre el ruido de los cubiertos, se instaló en la mesa la siguiente frase:

¡Seguiré escuchándote siempre, callado, como te gusta , pero…!

Volví rápidamente la cara hacía él, buscándole la boca, pero seguía impasible, comiendo como si no hubiera oído o dicho nada, entonces… ¿de dónde procedía?

Ayer me pilló, otra vez, por sorpresa  y mientras colocaba la tediosa compra en el frigorífico, dándole la espalda, me encontré entre las manos, como un paquete más, sin saber de dónde procedía ni dónde ubicarla, la nueva frase:

¡hoy necesito decirte cuanto te quiero!

Me volví hacía él ¡nada! sus ojos me miraban con la misma profundidad de siempre y su boca… cerrada.

¡Tengo que pillarle in fraganti!  Preparo mi estrategia. Cierro las ventanas, apago la tele, la radio, la lavadora, el microondas…todo. Necesito la casa en silencio y que ningún ruido me impida averiguar la procedencia  de las frases que, o me estoy volviendo loca, o escucho  desde hace tres días.

Me siento  frente a él,  mirándole fijamente, sin perder de vista su boca, aguzando mis oídos…

De pronto, suena el teléfono… ¡maldita sea!  ¡olvidé desconectarlo!  y mientras corro a callarlo, como un disparo por la espalda, escucho:

… como no entiendes mis ladridos, estoy aprendiendo los tuyos.

Desde entonces,  igual que cuando coge mi zapatilla y,  provocándome, la pone a mis pies para que se la quite -cosa que nunca consigo- jugamos, yo a pillarle, él a que no vea su boca mientras habla y  presiento que este nuevo juego tampoco voy a ganarlo…¡es más listo…!

mi pequeño Kano
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