Pienso tú nombre y me duele el alma, porque a ella va mi mente a buscarte, allí te tengo, junto a lo más querido e íntimo de mis recuerdos, junto a lo que mi corazón ha decidido guardar para siempre.

Estás con mí padre esa tarde de verano cuando, por arte de magia, sacó de sus alforjas unos temerosos perdigones que soltó entre mis pies ¡cómo disfrutaba con mis gritos de alegría, mientras éstos corrían en todas direcciones! y él, tirándoles su sombrero intentaba, en vano, impedirles la huída.
Estás con el olor a incienso de la iglesia de mi niñez donde, sobrecogida por las imágenes y arrullada por la letanía monótona del rosario, esperaba que el perro de escayola, fiel compañero de San Roque, cobrara vida.
Te tengo al lado de mi primer amor que, cómo las pinceladas con las que el pintor da fondo a su cuadro, empapan el lienzo y permanecen.
Hace 34 años nos colamos en tú vida e hiciste más fácil la nuestra.

Llegamos a la casa recién casados, con la inexperiencia de la juventud, compensada por el amor recién estrenado.

La portería era tu hogar que, como una madriguera, mantenías caliente, lleno de vida, con olor a café recién hecho y… risas.
Tú risa, siémpre tú risa, clara, oportuna y espontánea que inundaba la casa contagiándonos a todos con tú chispa andaluza.

Como una loba generosa adoptaste a nuestro primer cachorro, le sentiste tuyo, lamiste sus heridas y mis penas ¡Cuánto te debo!

Bendita memoria, guardiana del sitio de mis recuerdos, que me lleva hasta ellos buscando tú risa cuando pierdo la mía.

Te quiero LOLA.

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