Llevaban toda la vida juntos ¡la conocía tan bien! muchas veces pensaba que mejor que a sí mismo.
Sabía que era metódica y puntual, como el viejo reloj del Ayuntamiento que, con campanadas bulliciosas en verano y perezosas y blandas en invierno, les despertaban todas las mañanas.
Siempre le gustó su pueblo. No era ni grande ni pequeño, tenía el tamaño justo, como su mujer. Conocía todas sus callejuelas, sus rincones más escondidos, sus flancos más débiles, sus fortalezas…
Volvieron a él después de vivir en una ciudad que no llegaron a sentir suya. Añoraban el olor de la leña quemándose en el hogar y que, al atardecer, añadían al fuego para impedir que la fría niebla se colase bajo la puerta, obligándola a rodar calles abajo, cubriendolas con su húmeda soledad.
Cuando esa mañana el reloj insistía en sacarle de la cama, estiró el brazo y, aún perezoso, buscó debajo de las sábanas el cuerpo tibio de su mujer. Su cuerpo que por las mañanas tiene ese olor a pan recién hecho y que guarda el calor, no de la hoguera que hace años no enciende, sino del rescoldo que mantiene el cariño, pero…
¡No estaba!
Al instante su mente recurrió al policía que, desde hacía un año, con frecuencia ponía en activo. Fue a la cocina. No había pasado por allí. La ventana estaba cerrada y el gato dormía plácidamente. Entró al salón esperando encontrarla sentada frente al televisor, ensimismada o escudriñando los álbumes de fotos como le gustaba hacer últimamente
¡Tampoco estaba allí !
Observó la habitación, detenidamente, buscando…. no sabía muy bien que. Todo estaba como lo dejaron la noche anterior. Se asomó el jardín, empezaba a nevar, la llamó repetidamente, sin respuesta. Volvió al dormitorio, abrió el armario, estaba su abrigo, no podía haber ido muy lejos, a no ser que….
Miró por el ventana y vio la luz del trastero encendida…
¡Allí estaba!
Salió atropelladamente, llamándola. No hubo respuesta. Desde la puerta vio abierto el viejo baúl en el que guardaban recuerdo de media vida. Se acercó a el y examinó cuidadosamente su contenido: estaban las viejas sábanas bordadas, los abanicos que cada aniversario le regalaba, sus viejas muñecas, los trajes pasados de moda pero demasiado buenos para tirarlos, su uniforme de policía, oliendo a naftalina, doblado sobre…
¿Donde estaba su vestido?
Buscó, revolviendo todo, mezclando muñecas con abanicos, trajes con sábanas, pero no lo encontró,
¡Se lo había llevado!
Salió al jardín que la nieve empezaba a vestir de blanco, vio algo que brillaba en el suelo, junto a la cancela de salida.
¿Qué hacía allí su navaja?
Se la había regalado su padre cuando cumplió 12 años: era pequeña, del mejor acero, se plegaba sobre si misma, escondiendo su peligro, pero…
¿Cómo había llegado hasta allí?
De repente, su mente lógica de policía encajó las piezas del puzzle.
Comenzó a correr cruzando la plaza del Ayuntamiento. Llegó a la iglesia, pasó de largo, dejando atrás las últimas casas del pueblo.
Bajó, con dificultad, la ladera que llevaba hasta el río pues la nieve empezaba a hacerla resbaladiza. A lo lejos, tras una cortina de copos, empezó a hacerse visible el viejo olmo, a la orilla del río.
El olmo donde la navaja grabó su amor en forma de corazón cuando empezaron a quererse y que, el día de su boda, le puso fecha.
Corrió hasta él…vio a su mujer, como un gran muñeco de nieve, vestida de novia, apoyada en el árbol…
La cogió en brazos, besándola. Ella le devolvió una mirada ausente, vacía y le sonrió.

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