Es rubia, proporcionada, al menos de cintura para arriba. Por su aspecto y aplomo diría que se acerca a los 40 años. Se sabe guapa y eficiente.
Su belleza es correcta, no excesiva y no se le adivinan signo de silicona o arreglos milagrosos, tampoco parece necesitarlos. Su melena, cuidada, da cierto aire angelical a unas facciones frías e inexpresivas.

Realiza su trabajo como una máquina de precisión, parapetada detrás de la mesa de la recepción del centro Neurológico en el que trabaja desde hace años y,  sobre ella,  4 libros correspondientes a los 4 Neurólogos del Centro que maneja con la habilidad de un  “trilero” abriendo uno u otro según la demanda de un teléfono agobiante que sólo se silencia durante el tiempo necesario para asignar a los pacientes día y hora de consulta.
Con su sillón giratorio accede a todos los rincones de los tres metros cuadrados de la recepción, se impulsa para atrás para llegar a los archivos, saca la ficha del próximo paciente, busca su electro, abre la puerta de la consulta pulsando el botón debajo de la mesa, sonríe al médico que extiende la mano en demanda de la próxima historia, suena el teléfono…, sonríe al  médico…  abre la puerta….

Es la reina de un reino de 3  metros que gobierna con despotismo y aparente eficacia.

-Buenas tardes señorita, tengo cita con el Dr. Jiménez a las 6,15
-Déme su tarjeta,  por favor, voy a comprobarlo.
-Lo siento Sr., la cita no es para hoy, está Vd. equivocado.
-Srta., me llamaron ayer para confirmarme que tenían un hueco, hoy, a las 6,15
-¡Déjeme ver!
-Le repito que está Vd. equivocado, la cita es para mañana -me aseguró después de consultar el libro del Dr. Jiménez.
-Mire, no sé lo que tiene Vd. apuntado en ese libro  pero anoche me confirmaron por teléfono la cita  para hoy y creo que fue con Vd. con quién hablé ¿No se acuerda? Le comenté que terminaba tarde de trabajar  y que, además, era el cumpleaños de mi hijo, por lo que le pedí cambiar la cita para mañana, a lo que se negó.

Consultó nuevamente el libro.  Por su nerviosismo y rapidez  en cerrarlo,  no por la expresión inexistente de su cara, supe que se acordaba perfectamente de la conversación mantenida conmigo la noche anterior.

-Siéntese en la sala de espera, no sé si el Dr. querrá  recibirle estando citado para mañana, veré lo que puedo hacer,  me dijo con la frialdad marmórea contra la que rebotó toda mi argumentación anterior y con  la indiferencia que la rutina de 10 años tanto aplomo le daban.

Me fui hacía los asientos con la rabia contenida, esperando el milagro de que aquel mármol rubio tuviera alguna grieta por donde se hubiera colado la imagen de mi hijo esperándome para apagar las velas.

Desde mi asiento observaba cómo entraban y salían nuevos pacientes.  Les trataba como a súbditos ignorantes explicándoles los pasos a seguir para hacerse análisis, electros o las pruebas  necesarias a traer en la próxima consulta y ellos, si no entendían algo, balbuceando, con temor de volver a preguntar se volvían a sus asientos con la prudencia que da la educación intentando ordenar las órdenes recibidas. Daba igual que fueran ancianos de compresión lenta, jóvenes o ejecutivos con prisa… Todos  intuían  que, al menos,  2 horas de su vida estaban en sus manos y yo empezaba a creer que cenar con mi hijo también.

-Sonó el teléfono-  Cogió el bolígrafo  y esperó  hasta saber que libro abrir. No abrió ninguno. Bajó el tono de voz  y  ¡sonreía!  Por primera vez su cara pareció cobrar  vida.  Deduje,  por lo poco que dos ancianas sentadas a mi lado me dejaban oír,  que era una llamada esperada desde hacía tiempo, que la llenaba de gozo y que concluyó en una cita  para esa misma noche, a las 10.

Eran las 8,30, en la sala sólo quedábamos las dos ancianas, a mi lado,  y yo.
Cuando salió el médico de su despacho demandando la siguiente historia, busqué en su mirada algún indicio que me permitiera saber si era la mía. Se levantó una de las ancianas y pasó con él.

Mi paciencia se agotaba, estaba claro que, a pesar de estar allí desde las 6,15, iba a pasar el último y no porque se hubiera olvidado de mí, ya procuraba pasar delante de ella con el pretexto de coger una revista o ir al baño, haciéndome notar, buscándole los ojos, asegurándome su mirada, sino porque así lo había decidido desde principio. Quería hacerme pagar un error que no estaba dispuesta a admitir como suyo y rebajar, así, el alto nivel de eficacia que estaba segura tenía.

Llamé a mi hijo para decirle que no me esperara a cenar, mientras intentaba controlar la inmensa rabia acumulada y que amenazaba, desde hacía rato, tomar forma de venganza.

La observaba sin pudor, con descaro. Empezaba a ponerse nerviosa, eran casi las 9 y aún teníamos que pasar la anciana y yo.

Me acordé de su cita a las 10…  iba a andar muy apurada.  No tendría mucho tiempo para arreglarse como, suponía, le hubiera gustado y me alegre de ello.

Por primera vez, salió de sus 3  metros, se dirigió a la anciana con su historia en la mano y la acompañó hasta el despacho que acababa de abandonar la anterior viejecita. Entraron las dos.  Me quede sólo, mirando la puerta por donde habían desaparecido, esperando.
Por fin se abrió. Vino directa hacía mi y evitando mirarme me dijo: ¡Lo siento Sr., el Doctor tiene una cita a las 10 y no puede verle hoy, se le ha hecho muy tarde, venga mañana puesto que ya está Vd. citado, a la misma hora,  las 6,15.

Dejé que la rabia me invadiera, entré en su reino, tire al suelo lo que había en su mesa,  revolviendo  todo lo que estaba a mi alcance, mientras la oía gritar:   ¡esta Vd. loco, está loco ¡  ¡doctor, doctor!

Me desperté tumbado y, aún aturdido, reconocí al Dr. Jiménez sentado en su sillón, con mi historia abierta sobre su mesa, observándome. En mi brazo izquierdo un esparadrapo tapaba un algodón y éste la vena por donde me habían inyectado, seguramente, algún tranquilizante. Me observaba y releía mi historia, sin comprender como no había dado la importancia debida, durante tantos años, al foco irritatívo en mi occipital  derecho.

¿Se encuentra bien?, me preguntó al ver que estaba despierto. Quédese tumbado el tiempo que necesite, no tengo prisa.
Decidí quedarme una hora más aunque me encontraba perfectamente; mi hijo ya estaría durmiendo, no tenía prisa… ella sí.
El Doctor decidió, en vista de mi ataque de agresividad, cambiarme la medicación, yo decidí cambiar de doctor.
Cuando lo consideré oportuno, abandoné su despacho agradeciéndole sus atenciones, impaciente por llegar a la recepción. Me planté frente a ella aguantando, a duras penas, la mirada de odio más auténtica que jamás me han dedicado. Sonriendo, le guiñé un ojo y salí.
Eran las 11,30.

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