H.

Herencia Genética

Rodrigo siempre intuyó que los hombres de su familia estaban malditos.A su abuelo Agustín no lo conoció, murió joven a manos de su mujer Amalia. Dicen, que el día que le mató,  los ojos se le llenaron de espanto y el corazón de remordimientos y que la locura acudió en su ayuda para evitar explicar porqué apuñaló a su marido aquella mañana mientras cocinaba, .Con su padre apenas tuvo trato, porque cuando todavía era un niño, él ya estaba entre rejas y su madre le mantuvo alejado de la cárcel, ocultándole el crimen por el que estaba pagando. Sabía que padecían el mismo mal pues el rictus de dolor en su cara, suavizado por las drogas carcelarias, era idéntico al suyo.Rodrigo peregrinó, durante años, por los mejores especialistas, intentando averiguar la causa de su padecimiento sin llegar a un diagnóstico concluyente. No encontraban nada físico que justificara sus episodios y rendidos, sin saber por donde seguir, le derivaron al Dr. Castañeda.Acudió a las primeras sesiones, esperanzado, pero llevaba un año de terapia, sin ninguna mejoría; a veces pensaba que no merecía la pena seguir viviendo y, en más de una ocasión, le tentó el suicidio, pero la falta de valor y la idea de dejar éste mundo sin averiguar la causa de su sufrimiento, del sufrimiento de su padre y, hasta donde él sabía, del de su abuelo, le frenaban.

Cada vez eran más insoportables aquellas punzadas en la boca del estómago que le estaban matando y que nacieron con él pues no recordaba cuándo eligieron su cuerpo para torturarle.

Llegaban con la seguridad del depredador ante la presa acorralada, deslizándose garganta abajo, hasta alcanzar el vacío del estómago. Era cómo si cientos de garras se clavaran en sus paredes, retorciéndole las entrañas y provocándole espasmos insoportables.

Se empapaba de un sudor frío y los ojos se volvían cuencas adentro intentando averiguar qué sucedía en su interior.

Algunas crisis le llevaban hasta el desmayo del que salía con la garganta seca, la boca cuarteada, el estómago hinchado y una sed desértica.

A otras les ganaba la partida. Al primer síntoma corría a comer y engullía, sin medida, todo lo que encontraba, con hambre de siglos. Comía hasta que las garras satisfechas soltaban su presa y paraban los retortijones.

Esa tarde, sentado frente al psiquiatra, mientras éste ojeaba su historial, le atrajo, como un imán, el corte que el médico tenía en el labio superior. Intentaba evitarlo pero, como una polilla sin voluntad frente a la luz, miraba obsesivamente la herida. Se imaginó la mano huesuda del médico deslizando la cuchilla de afeitar por la cara, llena de surcos añejos y vio como el hilillo de sangre reseca se volvía caudaloso, liberándose a borbotones hasta alcanzar la bata blanca, salpicando la mesa…

Las garras empezaron a trabajar con más fuerza que nunca,  … Analizó la habitación buscando con qué calmarlas… no vio nada

Como un lobo hambriento saltó sobre el médico, mientras éste apretaba el botón de emergencia bajo su mesa.

Unos meses más tarde, en el aula de la facultad de psiquiatría, el doctor Castañeda, ajustándose la prótesis facial, daba una clase magistral sobre el canibalismo.

E.

Engaños

Sé que me engaña. Se lo noto en las miradas esquivas que le busco para provocar su nerviosismo, obligándole a improvisar mentiras que ni siquiera escucho.

Se enreda en la burda telaraña que teje para justicarse de algo que no me importa.

Está seguro de que creo sus mentiras que, cada día, urde con más facilidad.

Lo mío es distinto. Él nunca me pregunta, ahorrándome mentiras, y evito su mirada para que nos las intuya. Sé que no sospecha porque oye mis justificaciones sin la más mínima inquietud… pero, a veces, me pone nerviosa, es… ¡cómo si no me escuchara!