Sé que me engaña. Se lo noto en las miradas esquivas que le busco para provocar su nerviosismo, obligándole a improvisar mentiras que ni siquiera escucho.

Se enreda en la burda telaraña que teje para justicarse de algo que no me importa.

Está seguro de que creo sus mentiras que, cada día, urde con más facilidad.

Lo mío es distinto. Él nunca me pregunta, ahorrándome mentiras, y evito su mirada para que nos las intuya. Sé que no sospecha porque oye mis justificaciones sin la más mínima inquietud… pero, a veces, me pone nerviosa, es… ¡cómo si no me escuchara!

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